La “ajolotización” del espacio público en la CDMX ha pasado por alto regulaciones oficiales para la cromática de puentes, guarniciones y vialidades

Resulta evidente la transformación visual que atraviesa la Ciudad de México en las últimas semanas. Puentes vehiculares, bardas, columnas, mobiliario urbano, estaciones de transporte e incluso partes de la carpeta asfáltica han sido cubiertos por tonos morados y lilas bajo la narrativa oficial de la llamada “ajolotización” impulsada por la jefa de Gobierno, Clara Brugada.

Lo que para la administración capitalina representa identidad, color y redignificación del espacio público, para muchos ciudadanos comienza a convertirse en una muestra más de improvisación, propaganda y desperdicio de los recursos públicos. Ojalá la conversación solo fuera un asunto de estética. Por desgracia, en estos casos nunca es así.

Y si revisamos los temas de transparencia, mejor ni hablamos.

Hay un tema de improvisación que solo tiene dos respuestas: o no saben lo que están haciendo, o lo conocen perfectamente, pero no les importa.

Intervenir infraestructura urbana sin respetar principios técnicos básicos se convierte en un riesgo para la movilidad, la seguridad vial y, como le decía, opacidad en el manejo de recursos públicos.

La gravedad de la ”ajolotización” del espacio público radica en que los colores dentro de la señalización no son arbitrarios ni tampoco ornamentales: responden a normas oficiales mexicanas y estándares nacionales e internacionales pensados para orientar, advertir y proteger a peatones y automovilistas.

El color amarillo, por ejemplo, cumple con funciones específicas de advertencia y delimitación visual. Su uso en banquetas, guarniciones, pasos peatonales, estructuras elevadas y zonas de riesgo tiene criterios técnicos relacionados con visibilidad, contraste y prevención de accidentes.

Sustituir esos códigos por colores asociados a una narrativa política o identitaria no es modernización urbana, es ignorar décadas de diseño vial sustentado en seguridad pública.

La capital del país no debe gobernarse con criterios de branding. Esa simplificación evade la verdadera discusión: ¿Quién autorizó técnica y presupuestalmente esas modificaciones? ¿Qué calidad de pintura se está utilizando? ¿Qué dependencias avalaron la alteración de elementos de señalización? ¿Cuánto dinero público se destina a esas intervenciones? ¿Bajo qué criterios de procesos de contratación y fiscalización?

Hasta ahora, la opacidad domina la conversación y la sospecha es inevitable. Cuando una administración pinta masivamente la ciudad con colores asociados simbólicamente a un movimiento político, lamentablemente la línea entre política pública y propaganda gubernamental comienza a desdibujarse peligrosamente.

La Ciudad de México merece proyectos urbanos con visión técnica, transparencia y rendición de cuentas. No debería haber campañas permanentes de pintura gubernamental disfrazadas de transformación social.

 

La ruta del dinero

Nada que el secreto a voces que en las últimas semanas rondaba el sector energético se cumplió y ayer por la tarde la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo dio luz verde al cambio en la Dirección General de Pemex. Llega Juan Carlos Carpio, director de Finanzas y enviado desde la Secretaría de Hacienda, en sustitución del académico Víctor Rodríguez Padilla, que deja la empresa tras año y medio de gestión por demás errática.

La gota que derramó el vaso desde hace semanas fue el manejo irresponsable del derrame de petróleo en el Golfo de México, que se quiso ocultar como si se pudiera tapar el sol con un dedo y que expuso la falta de liderazgo de Padilla al frente de Pemex y los engaños en los que involucró a la propia presidenta Sheinbaum.

¿Cómo pueden pensar en Palacio Nacional que la opinión pública iba a aceptar la existencia de un barco fantasma? Y bueno, del contrabando de combustible que desde el sexenio pasado ha significado una sangría de recursos públicos, y del que se desconoce a dónde van a parar esos recursos multimillonarios, mejor ni preguntarle al exdirector de Pemex.

Carpio recibe una empresa con graves problemas operativos y con falta de recursos para temas fundamentales como el mantenimiento de sus instalaciones.

 

Por Rogelio Varela / Síguenos en FacebookX y LinkedIn

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